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Alcañiz es una localidad de unos 16.500 habitantes situada en la Comarca del Bajo Aragón que gracias a su muy rico pasado histórico posee un legado documental y artístico de suma importancia.

El paisaje más característico de la zona es el producido por los campos de olivos, cereal y la viña aunque en menor medida.  En las zonas de no producción agrícola, el paisaje es árido destacando la presencia de pequeños arbustos como el tomillo o el romero.  A pesar del predominio de un paisaje rocoso y de pequeñas ondulaciones, existe un gran valor ecológico  y medio ambiental en la zona. Así, podemos destacar las Saladas que son una serie de pequeñas lagunas de alto valor medio ambiental que constituyen ecosistemas prácticamente únicos en Europa; el río Guadalope con senderos y  paseos por la ribera y por supuesto la Estanca a 5 Km. de la ciudad. 

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Alcañiz y su historia
 

La población de Alcañiz pertenece a la comarca del Bajo Aragón, en la provincia aragonesa de Teruel. Se encuentra al norte de la capital. Su pintoresco casco histórico, que se alza justo a orillas del río Guadalupe, guarda un importante legado que se extiende a los pies del castillo de la Orden de Calatrava (siglos XII-XIII), hoy Parador de Turismo.

Imprescindibles

Castillo de la orden de Calatrava; iglesia de los Escolapios; Iglesia del Hospital.
La Semana Santa de Alcañiz, al igual que el resto del Bajo Aragón, se caracteriza por el toque generalizado e ininterrumpido del tambor y del bombo por las calles, fusionándose así costumbres populares y religiosas. No obstante, la festividad alberga características peculiares y diferenciadoras. Por ejemplo, las túnicas son de color azul y no se toca el bombo, sólo el tambor. Merece la pena también destacar la procesión del Domingo de Pascua, conocida como de Las Palometas, en la que se sueltan doce palomas blancas como signo de la Resurrección de Cristo.
como llegamos?

ESMERALDA GAYÁN

¿Cómo llegamos?
Alcañiz se encuentra a sólo una hora de Zaragoza en dirección a Castellón. La nacional que nos conduce a la capital del Bajo Aragón – la N232 – cambia de cara conforme nos acercamos a la ciudad, a mitad de camino entre el valle del Ebro y el litoral mediterráneo. El paisaje se puebla de pinos, aves migratorias y agua, el agua de su laguna salada, La Estanca, rodea el circuito automovilístico que concentra a miles de moteros cada mes de septiembre.

Pero Alcañiz es mucho más que motos. A lo lejos, a un par de kilómetros antes de llegar nos saluda imponente su Castillo de los Calatravos, en lo alto del cerro que ha sido testigo de la historia de la ciudad. La fortaleza tuvo un importante papel en la reconquista de la villa en 1157. Tres siglos más tarde, en 1411 fue sede del parlamento de la Concordia, creado para elegir al sucesor de la Corona de Aragón. Desde aquí se siguieron también en el siglo XIX durante las guerras carlistas las hazañas del conocido como Tigre del Maestrazgo. El castillo hace que Alcañiz sea visible desde cualquier punto, también si accedemos desde el Mediterráneo, a través de los puertos de Morella y Beceite.

¿Por dónde empezamos?
Estamos en el punto cero de nuestra visita. Sobre el cabezo de Pui Pinos, sede del Festival del Castillo que cada verano reúne en su anfiteatro a conocidos actores y actrices del panorama nacional, dominamos la comarca a vista de pájaro. A nuestros pies se asienta la población, ceñida por uno de los muchos meandros que el río Guadalope – en latín agua de lobos – dibuja en su lento discurrir por esta tierra baja.

La terraza del Parador de Alcañiz. / FOTO: Parador de Alcañiz.

La fortaleza, que hoy en día funciona como Parador de Turismo, nos sorprende sobre todo por el esplendor barroco de su fachada y por la colección de murales góticos que alberga su Torre del Homenaje, uno de los conjunto de frescos góticos mejor conservados de España. Para poder verlos, la Oficina de Turismo de Aragón organiza visitas guiadas a las 11 de la mañana y a las 5 de la tarde. Después podemos tomar algo en la remodelada cafetería, expuesta a cualquier visitante, decorada con un mural que representa los torneos cortesanos de la Edad Media. También tiene mesitas escondidas en sombríos rincones del jardín donde es una delicia descansar y tomar algo.

Para los huéspedes del Parador cuyo bolsillo se lo permite, la mejor opción es hospedarse en uno de sus torreones dúplex, que deparan unas vistas panorámicas sin igual de todo el Maestrazgo. No obstante, el mirador al que accedemos desde la muralla nos regala igualmente una fantástica visión de la ciudad y de los tejados antiguos de Alcañiz.

Desayunamos entre callejuelas
Desde el castillo bajaremos rodeando la muralla. Es un encanto perderse por las callejuelas y descender a pie hasta la Plaza de España. Allí continuamos nuestro recorrido con un buen desayuno. Nos lo prepara con todo su cariño nuestro amigo Pedro, en el Café La Lola.

El desayuno de los campeones en La Lola. / FOTO: La Lola.

Mientras lo degustamos, vemos cuál majestuosa se alza ante nosotros el principal ágora alcañizana, centro neurálgico donde se concentran las principales edificaciones de la localidad. Nos deslumbra por su amplitud y por ser uno de los más bellos ejemplos de arquitectura renacentista aragonesa. De esa época y estilo es la elegante Casa Consistorial del siglo XVI, aunque por su mayor antigüedad habría que hablar en primer lugar de la preciosa Lonja gótica construida entre los siglos XV y XVI que se encuentra adosada al Ayuntamiento. Juntos, los dos monumentos forman un matrimonio arquitectónico perfecto, escenario de representaciones como la de San Jorge el 23 de abril, patrón de Aragón.

La Plaza de España. / FOTO: Esmeralda Gayán.

Todavía sentados con nuestro café, escuchamos el volteo de las campanas de la ExColegiata Santa María La Mayor que marcan las doce. Se trata de un edificio religioso del siglo XVIII situado en el extremo opuesto de la plaza, que nos recuerda que es hora de continuar nuestra visita. Apenas abandonamos la plaza, se hallan ubicadas dos construcciones del siglo XIX: el Teatro Municipal, que posee un cierto aire modernista, en su decoración y el antiguo Mercado de Abastos.

Bajo la misma plaza, debajo de nuestras pisadas, se halla la red de pasadizos subterráneos a los que se accede desde la Oficina de Turismo, al comienzo de la calle Mayor. Es la puerta de entrada al Alcañiz oculto, a las entrañas de la ciudad antigua. Además, dentro de ellos también están la bodega y la nevera, lugar en el que se almacenaba la nieve durante el invierno para ser utilizada después durante todo el año con diferentes fines.

Comemos en el barrio de Los Almudines
Volvemos a la superficie. Merece la pena recorrer otros metros para visitar la Biblioteca Pública de Alcañiz, que tiene su sede en el antiguo Palacio Ardid, edificio palaciego de estilo renacentista con elementos de tradición gótica, ubicado en la misma calle Mayor. Y un poco más abajo, ya rehabilitada nos encontramos la denominada Casa Julve, una antigua casa solariega que hoy alberga la Escuela Municipal de Música. Muy cerca, en el barrio de Los Almudines, podemos tomar una cerveza en el Doble As, bar de moda donde se sirven cervezas de diversos países y una salmuera casera exquisita.

Así de bien dan de comer en El Empeltre./ FOTO: El Empeltre

Son casi las dos y el estómago nos pide ayuda. Muy recomendable es comer en El Empeltre, restaurante de cocina moderna y a la vez tradicional, situado en la parte nueva de la ciudad. Allí nos podremos deleitar con el huevo a baja temperatura, especialidad de la casa o el Ternasco de Aragón, uno de los platos típicos de la zona. Pero antes, hacemos una breve parada en la cafetería El Guadalope, el bar más emblemático de Alcañiz y cuyas patatas caseras, fritas en el momento, no pueden faltar en el vermú.

¿Qué gastronomía nos llevamos?
No podemos irnos de Alcañiz sin llevarnos en la maleta otras exquisiteces de su gastronomía, que podemos adquirir en las panaderías de la localidad. La ciudad tiene una cocina propia y unos deliciosos lamines, tales como las tortas de alma, los mantecados, los almendrados, las harinosas ciegas o las Rosquetas de Pascua que, junto a las tortas del Santo Entierro, se elaboran para Semana Santa. Para los que prefieren el salado, muy recomendable es probar las tortas de pimiento y tomate, parientes próximas de la pizza italiana pero con un toque aragonés, que admiten varios rellenos, como el chirigol, compuesto de pimiento, cebolla y berenjenas. También las hay de sardinas, arenques, de bacalao o de patata y jamón.

La cervecita la tomamos en El Guadalope./ FOTO: El Guadalope

Pasión por las motos
A su exquisita gastronomía y al calor de sus gentes hay que añadir que, desde hace décadas, Alcañiz rezuma pasión por la velocidad y por el motor. Fruto de esa pasión fue el viejo circuito urbano de Guadalope, que ha visto correr a pilotos de la talla de Villamil, Carlos Sainz, Jesús Puras o Luis Pérez-Sala. Es el más antiguo de España, ya que el primer Premio Ciudad de Alcañiz fue disputado en septiembre de 1965. Por el conocido como “Mónaco español” han competido máquinas gloriosas, que hoy forman parte de los principales museos mundiales del motor, como los Porsche Carrera 4, Carrera 6, 911 o los Ford GT 40, los Abarth 2000, las barquetas de montaña y los mejores vehículos participantes en los campeonatos de España de turismos y superturismos.

El circuito urbano, hoy utilizado ya únicamente para exhibiciones, fue el germen de uno de los proyectos más importantes de Aragón: Motorland Aragón, un complejo deportivo, tecnológico y de ocio en el que se celebran pruebas de gran renombre internacional como el Campeonato del mundo de Moto GP, el Mundial de Superbikes o las World Series by Renault. Un circuito que sitúa a Alcañiz en el mapa, donde no obstante, hace siglos que está.

La Estanca rodea el circuito automovilístico. / FOTO: Esmeralda Gayán.

¿Algo más que ver en los alrededores?
Si disponemos de algunos días más, después de visitar Alcañiz, la zona ofrece un itinerario monumental y paisajístico de lujo, a caballo entre tres comarcas: El Bajo Aragón, el Maestrazgo y el Matarraña. Las tres tienen su encanto. A diez minutos, Calanda, pueblo donde nació el célebre cineasta Luis Buñuel; a veinte, Valderrobres y los puertos de Beceite y Calaceite, una mezcla perfecta entre naturaleza y arte que hacen que al Matarraña se le conozca como La Toscana Aragonesa, con establecimientos como La Torre del Visco, donde es casi imposible llegar si no es por referencias de vecinos de la zona.



La Torre del Visco, en 'La Toscana Aragonesa'. / FOTO: La Torre del Visco.

A algo más de media hora tenemos Mirambel, con sus calles de piedra que nos transportan a otra época, junto a Cantavieja, las dos poblaciones más importantes del Maestrazgo turolense. A la misma distancia pero en dirección contraria, Morella y sus impresionantes murallas, pero en el Maestrazgo castellonés. Los amantes de la bicicleta también pueden recorrer a dos ruedas la Vía Verde de la Val del Zafán, una antigua ruta férrea hoy convertida en un camino solitario que cruza el Matarraña, alejado de los pueblos y las carreteras principales, una perfecta puerta de entrada para descubrir esta preciosa zona del Bajo Aragón.
 
 
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